domingo, 23 de septiembre de 2018

La eyaculación femenina y el punto G

Masters y Johnson (mil novecientos sesenta y seis) mantenían que el único órgano erógeno primario en la mujer es el clítoris. Hoy en día se admite que tanto la vagina como el clítoris son zonas erógenas primarias (Zwang, mil novecientos ochenta y siete).

Anatómicamente el punto G no es parte de la vagina, sino más bien de la uretra (la próstata femenina). Puede ser estimulado por los movimientos del pene o bien digitalmente. Se puede percibir a través de el incremento del volumen de una zona de pocos centímetros en la pared precedente de la vagina, generando intensos clímax femeninos (Arango de Montis, dos mil ocho). Kinesiologa de 20 años en SJM

Estas conclusiones significan que la conveniente estimulación de cualquiera de estos 2 órganos femeninos puede conducir al clímax.
En una investigación se halló que el setenta y 2 con siete por ciento de las mujeres alcanza el clímax a través de la estimulación de las diferentes áreas de las paredes vaginales. El noventa con nueve por ciento de las mujeres patentiza erogenicidad a través de la estimulación digital de estas áreas. Cuando el clítoris se estimula digitalmente, las proporciones son exactamente las mismas. Se puede destacar, que los estudiosos observaron la duración de los clímax generados por estímulo digital del clítoris y la vagina.

Por medio de los resultados descubrieron que el clítoris tiene más o menos el doble de sensibilidad erógena que la vagina (Useche, dos mil uno). En verdad, una investigación probó que la mayor parte de las mujeres precisan solamente de la estimulación del clítoris para conseguir eyacular (Álvarez, s. f.).

Muchos sexólogos y feministas están conformes en el absurdo de reducir la sexualidad femenina al punto G. En mil novecientos cincuenta, el propio Ernest Grafenberg (que presta su nombre al renombrado punto G) aseveró que no hay ninguna una parte del cuerpo de la mujer que no dé contestación sexual. O sea, el sexo ocurre en muchos lugares, comenzando por nuestros pensamientos (García, dos mil cinco).


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